miércoles, 15 de mayo de 2013

Saliendo de en medio de ellos: La Santidad

Por: Kenneth Matarrita



San Francisco de Asís, San Luis IX, San Ignacio de Loyola, Santa Juana de Arco, San Vladimir de Kiev. Tal vez haya escuchado algunos de estos nombres alguna vez. En cambio que otros le sean extraños, e incluso hasta cómicos. Incluso puede que no haya escuchado ninguno de ellos. Pues estas personas sí existieron en algún momento de la historia. Fueron personas comunes y corrientes tal como lo somos cada uno de nosotros. Y la lista de santos nombrados por la iglesia Católica Romana es inmensa, tanto así que no hay un número exacto.

Nosotros como cristianos miembros de la iglesia de Cristo, sabemos muy bien que estas personas no tienen mayor valor ni importancia ante los ojos de Dios, y que si llevaron vidas piadosas no hicieron nada más que lo que cada uno de nosotros tiene como responsabilidad. Y también sabemos que ante Dios nosotros hemos de ser santos, sin necesidad de que una religión nos nombre como tales, ya que el nombramiento lo recibimos directamente de Dios.

Sin embargo, muchas veces ignoramos qué es la santidad, como se alcanza, y como mantenerla. Así que en esta edición estaremos hablando de ese tan importante y muchas veces ignorado tema: La Santidad.

Tan común como ser santo, ¿o no?
La idea de santidad es muy común entre muchas religiones, más allá inclusive del cristianismo, el catolicismo o el judaísmo. Muchas sectas e ideologías ven la importancia de una vida santa, como algo necesario para alcanzar un nivel elevado de comprensión de la vida. Otros como mismo requisito para alcanzar el cielo, y llegar a un éxtasis de espiritualidad. Aún siendo esto así, su idea de la santidad sigue siendo errónea, ya que muchas veces la toman como único prerrequisito para alcanzar la salvación y la vida eterna. Teniendo un elevado nivel de santidad, lograran llegar a la misma presencia de Dios, sin que Él tenga absolutamente nada que ver en ese proceso de salvación.

La Biblia nos enseña el verdadero significado de la santidad. Si nos dirigimos al Huerto de Getsemaní, en esa noche en la que Jesús estaba orando al Padre, veremos que una de Sus peticiones fue la santidad de nosotros sus creyentes. “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” (Juan 17: 15-17). Esta oración es la esencia de la santidad. Ahora profundicemos en el tema. Para ello nos dirigiremos al libro de 2 Corintios 6: 17-7: 1., que le pido hermano lea detenidamente antes de continuar con la lección.
La santidad tiene dos significados básicos. El primero es ser puesto aparte. Es como tener una canasta con 5 manzanas, y dos de ellas son puestas aparte de las otras 3. En cierta forma puede decirse que fueron santificadas. El segundo significado es ser diferente. Siguiendo con el ejemplo, las 2 manzanas que fueron puestas aparte, deben ser distintas de las otras dos en alguna o todas las características, sea sabor, textura, color, etc. Una tercera idea cabe destacar. Si resultara que esas 2 manzanas seleccionadas son iguales a las otras 3, no hay razón de mantenerlas aparte de las otras. Si no hay punto de diferencia, pueden volver al canasto del cual fueron sacadas. Y aún otra idea a resaltar en este ejemplo es que, en un principio, esas 2 manzanas fueron seleccionadas sin tener mérito alguno, ya que quien las escogió no sabía como estaba la pulpa, la parte interna de la manzana. De nada habría servido que se guiara por la mejor apariencia de alguna de ellas, ya que talvez por dentro pudieran tener un gusano.

Una vez analizado este ejemplo, podemos ahora sí hablar más técnicamente. La santidad significa ser puesto aparte, ser diferente. El cristiano, antes de su conversión, en nada se diferenciaba de las demás personas que viven en este mundo. Aunque no fuera de ese tipo de persona cruel, violenta, o degenerada, pero talvez era del tipo que simplemente vivía por vivir, sin hacer daño a nadie, preocupándose nada más por sí mismo, y sus seres queridos más cercanos. Incluso cuando muchas personas dicen ser diferentes por su forma de vestir, por la música que escuchan, por el deporte que siguen, por su trabajo, su carrera, etc., sin embargo siguen siendo parte del montón. Y de estos tipos de personas existían y existen muchos en el planeta, por lo que seguirán siendo tan comunes y corrientes como el resto de la gente.

Sin embargo, el día que decidió entregar su vida a Cristo, y demostrar su compromiso con Dios a través de las aguas del bautismo, todo cambió. Dejó de ser un común ser humano pecador, a ser uno de los salvos por la sangre de Jesús. Dejó de ser cualquiera, a valer mucho. Dejó de formar parte del montón, a formar parte de la iglesia de Cristo, el reino de Dios en la Tierra. Ahora ya no es más un o una simple contador, comerciante, electricista, maquillista, profesor, abogado, músico, agente de ventas, ingeniero, arquitecto, ama de casa, padre de familia, metalero, reguetonero, emo, surfo, futbolista, etc., etc. Ahora es un hijo de Dios, adoptado por Dios mismo a través del pago hecho en la cruz por la sangre de Cristo. “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rom 6:22-23)

Ahora hemos sido puestos aparte. Hemos pasado de la canasta donde estaban todas las demás manzanas, a las manos del mismísimo Creador. Y aún cuando seguimos conviviendo día con día con esas personas que no han entregado su vida a Cristo, y aún cuando nuestra apariencia física sigue siendo la misma, y aún cuando “este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.” (2 Corintios 4: 16) El ser humano sin Cristo cada día envejece y degenera más tanto física como espiritualmente. En cambio el cristiano comprometido siente cómo conforme pasa el tiempo, va cambiando su mentalidad, su forma de ser, de llevarse con las demás personas, de ver la vida, de ver los problemas, de manejar las responsabilidades, todo va cambiando dentro de sí, acoplándose a la voluntad y propósito de Dios. Llegará un día en el que pueda ver a su pasado y notar cuanto ha cambiado, y cuantas cosas han quedado en el olvido. Todo esto es el proceso de santificación en la vida del creyente.

Cabe señalar, tal como el ejemplo de las manzanas, que no hubo mérito alguno para ser puestos aparte. Tan sólo con comprender que ser parte del montón no llevaba a ningún lado, y que no tenía provecho alguno, y que al contrario solo nos llevaría a una vida sin sentido, sin rumbo, y a la perdición eterna, y luego de eso, desear un cambio, pero reconocer que por sí mismo no se puede lograr, que se necesita de Alguien superior que nos haga cambiar y tomar el rumbo correcto de la vida, que por fin se llegará a ser lo que se debía ser de un principio, y con esto claro hacer lo que ese Ser Superior diga que se debe hacer, es así como se entra en santidad y comunión con Dios. Pero Dios nunca se fija en la apariencia externa, en nuestra madurez, nuestra sabiduría, nuestra posición social, o incluso si somos menos o más pecadores que el resto, ya que sabemos que ante los ojos de Dios no hay mejores ni peores personas. Si nos dirigimos a 1 Corintios 1: 25-31, encontraremos que, más bien a los más indignos, a los más inmerecedores de salvación, fue a los que escogió, ya que “…lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios;  y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.”

El llamado a la santidad
La santidad no es un privilegio de unos pocos, es un derecho que tenemos todos como creyentes. No es únicamente para los miembros de una iglesia en particular, por más que esta profese ser la verdadera. Tampoco es privilegio de los de clase social más alta, los más adinerados, los más famosos y reconocidos. Ni aun cuando podría parecer que es más fácil para los más pobres vivir en santidad, esto es así. Tampoco es privilegio de quienes son más estudiosos o preparados, que se les haga más fácil entender la Biblia. Nada de lo que se tenga o no se tenga sobre la tierra puede hacer más fácil, o hacer que se sea más merecedor de santidad. La verdad es que nadie merece más o menos el favor de nuestro Dios.

No obstante, es también responsabilidad de todos los creyentes aspirar a ser santos. Sin importar la edad, ni el conocimiento, ni la madurez que se tenga, o aún los años en la iglesia que se lleve, es responsabilidad de todo cristiano esforzarse por una vida santa y piadosa, siempre recordando que no es algo de lo cual deba afanarse por alcanzar por sí solo, sino que Dios mismo se hace cargo de ello. Recordemos: Dios nunca nos va a pedir hacer nada que Él mismo no nos capacite para hacer. Ese es el significado de Filipenses 4: 13: “Todo lo puedo EN CRISTO que me fortalece.”

Ahora bien, ¿Cuál es el propósito de la santidad? ¿Por qué es tan necesaria e importante en la vida del creyente? Dice Heb 12:14: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.” Es claro que Dios al ser santo, santo, santo, no puede congeniar ni estar en sintonía con ninguna especie de mal o pecado. Sabiendo esto, y sabiendo que nosotros mismos nunca íbamos a alcanzar la pureza para poder estar ante su presencia, ideó el proceso de justificación llevado a cabo por Cristo en la cruz. Ahora “…la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” (1 Juan 1: 7). Y ya con el problema resuelto, podemos venir a Su presencia completamente confiados.

Sin embargo, no se trata de algo milagroso e instantáneo. La santidad es algo que se trabaja día con día, por el resto de nuestras vidas. La Biblia insiste en que la obra de Cristo en nosotros es un constante perfeccionamiento. “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.” (Rom. 6: 22)
En el jardín del Edén, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gén. 1: 26). Sin embargo, debido a la entrada al mundo del pecado, esta imagen fue perdida, y el hombre degeneró. Pero ahora, con la venida al mundo de Cristo, esa imagen nuevamente se hizo posible alcanzar, solo que ya no de una manera instantánea, sino a través de ese proceso de santificación llevado a cabo a través de toda la vida en el creyente. Y la imagen a la cual está siendo formado no es otra que la de Cristo mismo. “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” (2Co 3: 18) ¡No es acaso esto algo maravilloso! ¡El propósito que Dios tiene en mente para nosotros, es que lleguemos a ser como Cristo mismo! ¡Gloria sea al Señor!

El agente santificador
Como dijéramos anteriormente, el propósito de Dios en la vida del creyente, una vez este se ha bautizado y se mantiene fiel a Dios, es su santificación, y este es un proceso que se lleva a cabo dentro de sí mismo, transformando su mentalidad y su comportamiento según la voluntad de Dios, haciéndole cada vez más semejante a Cristo mismo. Pero, ¿cómo es esto posible? ¿De qué manera es que Dios hace esa obra en nosotros? Ciertamente no sentimos nada especial dentro nuestro, ninguna voz que nos hable al oído, ninguna fuerza sobrenatural que mueva nuestras manos, o paralice nuestros pies. Tampoco tenemos una visión sobrenatural, donde todo el mundo se detenga, y una luz resplandeciente del cielo nos deje ciegos. Dios hoy no trabaja de esta forma, por más que muchas personas insistan en que sí es así. Por el contrario, la forma de trabajar de Dios es completamente silenciosa, y siempre pasa inadvertida, al punto que nos acostumbramos a ver sus maravillas y dejamos de percibirlas. Es como el crecimiento de una planta, que sembramos una semilla un día, y al otro día sigue sin verse, y al siguiente día está igual. Pero al volver una semana o dos después ya se ven los brotes. Podemos compararlo también con el soplido del viento, que no lo vemos de donde viene ni hacia donde va (Juan 3: 8), pero sí sabemos que está presente.

De esa misma palabra de la que se traduce “viento”, es la misma de la que viene “Espíritu”. Y es ese El encargado de nuestra santificación: el Espíritu Santo. Como sabemos, desde el momento en que nos bautizamos recibimos el don del Espíritu Santo (Hec. 2: 38). Esto quiere decir que ahora Él mora dentro de nosotros, obviamente en una forma espiritual, tal cual Él es, un Espíritu. No sentimos su presencia dentro de nosotros, ni observamos ninguna acción sobrenatural en nuestro cuerpo, pero podemos estar seguros de Su presencia dentro nuestro SIEMPRE. Sea donde sea, sea el momento cual sea, ahí está dentro de nosotros.
Y no se trata de un huésped pasivo. No. Antes de Su crucifixión, Jesús dejó muy claro cual iba a ser la obra del Espíritu. “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros… Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho… Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio… Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.” (Juan 14: 16-17, 26; 16: 8, 13)

 “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.” (1 Cor. 6: 19, 20). Cuando estamos dentro de un templo católico, ¿Cómo nos comportamos? ¿Acaso salimos corriendo o pegamos gritos? No verdad. Tenemos el máximo respeto, ya que es un lugar de reverencia hacia Dios. ¿Cuánta reverencia hemos de tener hacia nuestro propio cuerpo, siendo este templo del Espíritu Santo?  El Espíritu Santo es como una persona, puede hacerse sentir mal (contristarlo, Efesios 4: 30) y apagarlo (1 Tes. 5: 19), esto al ignorarlo, ponerlo aparte, y no valorar su presencia dentro nuestro. Así como una persona que desea y se preocupa por nuestro bien, y que al ser ignorado deja de insistirnos, de igual forma si nosotros no apreciamos su obra, puede llegar el peligroso punto de que deje de trabajar en nosotros y nos estanquemos espiritualmente. Dios nos libre de tal situación.

Algo que se debe destacar, y es de vital importancia, es que el Espíritu no nos santificará por sí solo. Debe de tener a mano las herramientas para poder trabajar, y debe tener a su vez un constante alimento de Su fuente, Dios mismo. Sus herramientas son: la lectura y estudio de la Palabra, puesto que Él mismo la inspiró, sabe perfectamente como usarla en nuestro favor. Puede que a nosotros nos parezca extraño como por leer puede cambiar nuestro carácter, pero para quien lo ha experimentado sabe que esto es absolutamente verídico, ya que al final de cuentas la lógica de Dios no es la nuestra. Además debemos entender que la Biblia es pura sabiduría divina, y es una guía infalible ante cualquier situación que nos encontremos. La Palabra de Dios no falla. La oración: como dijéramos anteriormente, el Espíritu Santo es de Dios, ya que también es Dios mismo. Además, es el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús en forma como de paloma, y fue el que le capacitó para hacer tan grandes obras en Su ministerio en la Tierra. También fue el que le fortaleció para hacerle frente a todo el sufrimiento, y posterior muerte en la cruz. Y más aún, fue El medio por el cual Dios le resucitó al tercer día de Su muerte. ES EXACTAMENTE EL MISMO ESPÍRITU DE JESÚS EL QUE HOY MORA DENTRO NUESTRO, Y NOS TRANSFORMA A ESA MISMA IMAGEN.  Y así como Jesús siempre mantuvo una constante comunión con el Padre, ya que sabía que sin Él no sería capaz de enfrentar lo que debía, de igual forma nosotros debemos vivir en una total y completa dependencia de Dios, y mantener esa misma constante comunión con Él, dirigiéndonos en oración cada vez que haya oportunidad. “Orad sin cesar, dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.” (1 Tes. 5: 17, 18).

El compromiso
“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” (1Ts 5:23) Queda pues claro, que hay una gran responsabilidad que recae sobre nosotros, pero que no es nada que nosotros no podamos hacer. Se trata simplemente de mantener un compromiso y un interés constantes por mantenernos en santidad ante Señor. De velar fielmente por no hacer las cosas que a Dios le desagradan, sino al contrario cultivar los frutos del Espíritu (Gal. 5: 19-21) cada día en toda circunstancia, y vivir cada momento conscientes de Su presencia dentro de nosotros SIEMPRE, hagamos lo que hagamos, pensemos lo que pensemos, digamos lo que digamos, Dios siempre está presente en nuestra vida. Y al final de cuentas, algo que no a muchos les gusta escuchar y pensar, pero que al final de cuentas es una completa realidad es lo siguiente: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.” (2 Cor. 5: 10).

IMPORTANTE: NO SE TRATA DE QUE NO PEQUEMOS. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.” (1 Juan 1: 8). Nadie en esta vida podrá decir que ya no peca, el Único Ser Humano sobre la tierra que nunca pecó fue Jesús. De lo que sí se trata es de reconocer eso, que somos humanos imperfectos que pecamos, pero que “si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Justo.” (1 Juan 2: 1) Así que, cuando nos demos cuenta de que pecamos, no perdamos el tiempo, vayamos directamente a Dios completamente arrepentidos por haberle fallado, pidamos perdón con corazón sincero, y pidamos que ese no sea impedimento para mantener nuestra comunión con Él. Que siga trabajando, haciendo esos cambios que nosotros mismos no podemos hacer, y haciendo que cada vez pequemos menos. Que ese proceso de perfección siga día con día, hasta el momento que ya estemos listos para gozar de Su maravillosa y gloriosa presencia. Mientras sigamos haciendo esto, y hagamos nuestra parte colaborando con el Espíritu, esta realidad se hará más cercana día con día.

Queda algo más por decir:
Efe 4:22-24: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.”
1Ts 4:3-7 “…pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios; que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano; porque el Señor es vengador de todo esto, como ya os hemos dicho y testificado. Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación.”
Col 1:21-23 “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo…”
El futuro para el creyente piadoso y esforzado en su santidad, es simplemente indescriptible: “Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él, sino que él mismo estará con ellos; el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará.” (Isa 35:8)
Gloria sea a Dios en las alturas, y en la tierra alabanza al Creador. Bendiciones hermano (a).



Distancia en la relación de pareja


Por: Mateo Martínez

Las  experiencias que la vida nos va dejando nos ayudan a reforzar nuestro carácter, modificar costumbres, a darle importancia a nuestros valores, aprendemos a valorar nuestros sentimientos y los de las personas con quienes vivimos o interactuamos. Estos son elementos enriquecedores en el desarrollo humano.

Por igual, hay experiencias muy dañinas, estas afectan nuestros principios y valores, atacan nuestra sensibilidad y ponen a prueba el amor, la prudencia, la humildad, la consideración, la compresión, y en muchas ocasiones, el respeto por nosotros mismo y por los demás. Pueden ser un veneno mortal a nuestros compromisos espirituales, sentimentales, social y físico. Atacando directamente nuestra integridad.

En este sentido, quiero compartir contigo la experiencia de la distancia en la relación de pareja.

El creador nos ha hecho para que vivamos en comunidad, no fuimos creados para vivir solos, fuimos hecho para convivir, compartir, interactuar, aprender, relacionarnos, amar y ser amados, ayudar y ser ayudados, expresarnos y que nos escuchen, preguntar y tener alguien que nos responda, preocuparnos por alguien y tener quien lo haga por nosotros. En fin, El Eterno pensó lo mejor para nuestra existencia en esta vida.

Cuenta la Biblia que después de creado los cielos, la tierra y todo ser viviente sobre ella, entonces creó Dios al hombre, pero al verle, noto que estaba solo y de la costilla del hombre creo a su compañera, la mujer (Génesis 1 y 2). Aquí inicia la relación de pareja, y la clave en esta relación nos la deja el mismo Dios en Génesis 2:18, cuando dice… ‘’No es bueno que el hombre este solo…’’

Pueden existir diversas razones por las cuales tengamos que separarnos o distanciarnos de la compañera o del compañero, pero esas razones no están  por encima de la voluntad de Dios en la relación de la pareja. El creador no deseó eso en esta relación, pues cuando creó al hombre estableció el matrimonio con el sagrado propósito de que estuvieran juntos, (Mateo 19:6).  El hombre y la mujer cuando se unen en matrimonio, se unen para estar juntos, no para vivir separados o distanciados.

De todos los enemigos del matrimonio, el que más está atacando hoy día es la ocupación. Ambos conyugues tienen responsabilidades que cada día van dejando menos tiempo a la relación de pareja. Muchas parejas viven distanciadas aun viviendo en el mismo techo, pues las ocupaciones diarias son tantas que no dejan el espacio necesario para la comunicación, las interacciones interpersonales, el desarrollo conyugal y familiar. Factores como estos están matando las relaciones de parejas.

Imagínese cuánto daño le hace al matrimonio cuando por una situación ajena a la voluntad de uno de los conyugues y por las mismas ocupaciones o circunstancias de la vida, tienen que distanciarse. Por ejemplo: la enfermedad de un familiar, un trabajo o un viaje inesperado. El efecto de la distancia es una experiencia no gratificante en el matrimonio.

Esto me hace recordar cómo funciona el fuego, y es que para mantener sus llamas encendidas es necesario mantener el combustible necesario, de lo contrario puede apagarse y su calor desaparece o desvanece. Si el combustible es la madera, necesitamos mantenerla juntas. Si es algún material fósil, necesitamos que sea el adecuado, el que cumpla con las características de mantener el fuego encendido.

Ningún fuego puede arder por mucho tiempo si no hay el combustible suficiente. Así sucede en el matrimonio. Para que la pasión, el amor, los sentimientos, y todo ese combustible emocional que lo forma se mantenga, los cónyuges necesariamente deben permanecer juntos.

Esto me hace recordar que en el plan de Dios, según Génesis 2: 24, cuando el hombre y mujer se unen en matrimonio son una sola carne. En un cuerpo, sus miembros no pueden estar separados, de estarlo, dejan de pertenecer a ese cuerpo. Así también el matrimonio.

¿Cuáles son las perdidas por el distanciamiento?
  1. Como el fuego, necesitamos combustible para mantener la llama de la relación encendida. La pasión, esos pequeños y gratos momentos de ternura, esa delicada mirada, esas palabras de aliento, de amor, esos movimientos de aprecio y comprensión, ese pequeño detalle de una simple ‘’gracias’’, esa sonrisa de un yo te amo, esas palabras o besos de bienvenida al llegar a la casa después de un día de trabajo, incluso, hasta los mismo pequeños  conflictos. Esos detalles se pierden  en la distancia.
  2.  Como el fuego, necesitamos una chispa para mantener la llama del amor encendida, este por la madera que lo anima a no apagarse y en el matrimonio, el amor que los une. La distancia enfría esa chispa. Si las maderas no están juntas, el fuego se apaga. Así también sucede en la relación de pareja.
  3. Como el fuego, el combustible necesita tener ciertas características que le beneficien, si es madera, no puede estar húmeda  o verde, necesita estar seca, en las condiciones necesarias para mantener las llamas del fuego encendidas. Así también en el matrimonio. La distancia humedece la relación y las llamas del amor poco a poco se debilita y se apaga. Esos momentos en los cuales uno de los conyugues quiere compartir con el otro, esos momentos de espontaneidad, la distancia lo elimina
  4.  La distancia enfría el compañerismo, la soledad se apodera de los conyugues, pues ya no existe la misma comunicación del día a día, y poco a poco cada uno se va adaptando a la separación. Se van descuidando los afectos, las emociones, la relación, el cariño y desaparece ese primer amor.
  5. La distancia hace que los conyugues busquen sustituir la relación. Cada uno busca donde refugiarse, sea en el trabajo, en los estudios, o incluso, buscando otra pareja. y de esto quiero hablarle en otra entrega.

Reflexionemos por un momento, ¿Cómo nos estamos distanciando de nuestro cónyuge?


Cuando conocemos a esa persona especial, con la cual nos gustaría pasar el reto de nuestra vida, hacemos planes, soñamos y nuestra existencia comienza a tener un sentido. Es cuando empezamos a pensar en una dimensión fuera de nuestra individualidad.

Nuestros pensamientos y acciones son puras expresiones de nuestros sentimientos. Y en ellos solo existe la esperanza de amar y ser amado por esa persona que hemos conocido.

En nuestra mente no hay espacio disponible para pensar en estar alejado de ella o del de él. Jamás pensado como seria nuestra vida si esa persona no está. Y es que no hemos hechos planes para estar separados. Solo nos hemos preparado emocional y sentimentalmente para vivir juntos a esa ser amado.

En el proceso del cortejo y posteriormente en el tiempo de noviazgo, dejamos de lado evaluar algunos factores que podrían atacar negativamente esa relación, factores existentes, quizás, en el hombre o en la mujer. 



¿Cuál es la norma?

Por: Jorge Cambronero


Queridos lectores y hermanos en Cristo. Vivimos en un mundo que está regido por normas o por reglas. Hay normas como las de marcar una tarjeta para entrar y salir de los trabajos. También hay normas en hospitales, en los bancos, casi que en todo. De hecho también en el comienzo de la historia humana Dios dio normas a Adán y a Eva, en Gén. 2: 16, 17 las encontramos.

“Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comeréis; porque el día que de él comiéreis, ciertamente moriras.”
Y es claro que cuando existen reglas hay que cumplirlas porque sino estaríamos cometiendo una falta grave por la cual podríamos perder el trabajo o recibir un castigo. Y ahora para todos aquellos que creen que pueden ser aceptados por Dios sin Jesús, necesitan enfrentarse a algunas preguntas cruciales. Si creen que pueden llegar al cielo alcanzando cierto grado de rectitud, entonces, ¿Cuál es la norma por la cual deben vivir? ¿Qué es lo que Dios requerirá de ellos?

Muchos dicen: “Yo siento que soy una persona básicamente justa y buena, y estoy dispuesta a presentarme delante de Dios por mi propio mérito.” Pero estas personas fallan al no considerar que las normas de Dios son diferentes a las nuestras. Jesús nos mostró el requisito de Dios para aquellos que luchan por el cielo según sus propias fuerzas, cuando dijo, en Mateo 5: 48: “Sed pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” La norma para la persona que desea ser justa delante de Dios es nada menos que perfección absolutamente, no sólo esforzarse o ser sincero, sino guardar irreprochablemente todas las cosas que Dios ordenó al hombre y a la mujer, es decir, a todos sobre la tierra. Claro aquellos que creen que pueden ganar la vida eterna con sus buenas obras, tienen una comprensión errónea de la santidad de Dios y de lo que significa ser justo delante de Él.

Si vamos a establecer una norma de conducta justa, debemos usar la que fue establecida por Jesucristo. Jesús es la única persona cuya vida movió a Dios a decir “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” (Mat. 3: 17). Aunque en la Palabra de Dios hay personajes como Moisés, José, Juan el Bautista, Pedro, etc. Dios dijo que Jesús lo era todo, en Él radicaba el amor, la misericordia, la justicia, la humildad, en fin. Él era todo para Dios. Y para disfrutar de la comunión con Dios debemos ser justos como Jesús. La vida de Jesús es la única norma de justicia. Si quiero ser aceptado por Dios, tengo que ser tan justo como Jesucristo. Las Escrituras nos muestran que hay una sola clase de justicia que Dios aceptará: la justicia de Cristo. Así que, deseamos presentarnos delante de Dios basándonos en nuestras buenas obras, debemos entonces vivir una vida que alcance la medida de la bondad que vemos en Jesús.
Pero todos nosotros sabemos que esto es imposible. Nosotros no podemos alcanzar esta clase de justicia. Jesús mismo nos dijo en Mateo 5: 28: “Pero yo os digo, que cualquiera que mire a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.” También dijo: “Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio.” (Mat. 5: 22). Además dijo “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen, y orar por los que os calumnian. Al que te hiera en una mejilla, presentale también la otra; y al que te quite la capa, ni aún la túnica le niegues. A cualquiera que te pida dale, y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.” (Luc. 6: 27-30). Y también nos ordenó: “Amad pues a vuestros enemigos, y haced el bien, y prestad, no esperando de ello nada…” (Luc. 6: 35).

¿Cómo puede alguien ser así de justo? Al menos yo se que no puedo ser así. Yo fallo. Y yo creo ciegamente que todos los seres humanos fallamos, sin excepción. Pero, ¿significa esto entonces que debemos permanecer por siempre apartados de Dios? ¿O es que no existe una manera en que pueda disfrutar de una comunión con Dios?¿Tenemos que seguir en este vacío, en esta frustración, buscando y tratando de alcanzar algo que jamás podremos obtener?

Si tenemos alguna esperanza de ser perdonados por Dios, tiene que haber otro fundamento que el de nuestra propia justicia. Pablo dice: “Ya que por las obras de la ley ningún ser human o será justificado delante de Él.” (Rom. 3: 20) Las reglas que Dios ha establecido son demasiado estrictas para alcanzar justificación, no podemos sujetarnos a ellas. Nuestra única esperanza ha sido provista en otra forma de justicia. Gracias a Dios que ese principio existe, y se llama gracia. Rom 5: 1, 2: “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Porque por gracia sois salvos, no por obras…” Ya lo había dicho antes. Nuestra justicia ahora y por la eternidad es el resultado de nuestra fe en el Hijo de Dios, Jesús. Y si quieren saber más de este asunto, seguiremos en la siguiente revista hablando del tema, que está totalmente basado en el libro de Romanos.
El Señor los guarde siempre. Amén.

domingo, 7 de abril de 2013

Superando conflictos en la relación conyugal

Por: Mateo Martínez

Introducción

Todas las parejas desean que su matrimonio sea feliz.  El matrimonio es una de las partes donde se satisfacen muchas necesidades en el ser humano.

Hemos encontrado que si una pareja camina en el Espíritu, están en condiciones de sobrellevar sus problemas o solucionarlos. Si se rehúsan a andar en el Espíritu, todo el consejo que se puede administrar en relación con áreas conflictivas o síntomas de desavenencias, se parece al intento de poner una curita en un brazo roto en cuatro pedazos.



a)      Conflicto.

·        Problema, cuestión, materia de discusión.
·        Coexistencia de tendencias contradictorias en el individuo, capaces de generar angustia y trastornos neuróticos.

      b) Matrimonio.
         
        Es la unión de dos personalidades (un hombre y una mujer) y estilos de vida distintos, ya que no hay dos individuos exactamente iguales.

Desarrollo

·        Los conflictos son un aspecto inevitable en el matrimonio, por cuanto el proceso de ajuste y adaptación a menudo produce fricciones tan intensa que se convierten en crisis.

·        Todas las relaciones son incompatibles en ciertas medidas. Por lo tanto el problema no consiste en experimentar conflictos, sino en hallar una solución satisfactoria.

·        Los conflictos maritales se originan en la diferencias. Cuando llegamos a conocer a alguien que a su vez comienza a conocernos a nosotros, es inevitable que aparezcan diferencias de temperamento, de gustos y de formación.

·        A medida que se profundiza la relación, se desarrolla la confianza mutua.

·        Si no hay confianza los pensamientos negativos ponen en peligro la integridad de la relación y se hace imposible resorber los conflictos.

·        Si los conflictos se manejan en forma apropiada, la experiencia puede ser enriquecedora y producir un mayor grado de comprensión mutua, así como afirmar la relación.


·         El manejo correcto de los conflictos despeja el ambiente, elimina las pequeñas frustraciones, las cuales, si no se atienden, consumen la energía y la calidez de una relación.


II- Tipos de conflictos.



a)      Racionales:
Los conflictos racionales son diferencia de opinión basada en la percepción de los hechos.

b)      Irracionales:
Se basan en demandas desconectadas de la realidad, erráticas y caprichosas, inflamadas por emociones que escapan al control racional.

c)      Encubiertos:
La comunicación implícita y oscura hace que las cosas se confundan y comprendan mal.

d)     Agudos.
Son pelea breves que aparecen a medidas que la pareja va eliminando sus diferencias. Se presentan en los primeros años del matrimonio.

e)      Crónicos.
Son de largas duración, los que no se resuelven nunca en forma completa o satisfactoria.

f)       Básicos.
Se refieren a los elementos esenciales en una relación y ponen en peligro la felicidad y el éxito de ella.

g)      Secundarios:
Surgen por lo general a raíz de irritaciones y frustraciones menores.

h)     Personales:
Existe si el problema recae en un individuo, el cual debe reconocerlo y proveer solución.

i)        Interpersonales.
Existen cuando ambas partes contribuyen a su existencia. Los dos deben reconocer la existencia del problema y compartir la responsabilidad de la solución.

II Conflictos saludables.
    
    Los conflictos   positivos y su resolución saludable requieren flexibilidad de ambos, lo cual permite encontrar una solución mutuamente satisfactoria.
  

III Relación entre diputa y comunicación.     
  
    La manera de disputar es tan importante como la razón de la pelea.
       
·        Mientras más capaces seamos de comprender y expresar nuestras diferencias, más fácil será que desarrollemos soluciones positivas y que nos acerquemos el uno al otro.
     


IV Elemento que ayudan en caso de conflictos.

1-      Repetición.
La comunicación requiere exactitud de parte del que la transmite y comprensión clara de parte del que la recibe.

La repetición es necesaria para asegurarse que el oidor escucho con claridad.

2-      Actualidad.
El manejo efectivo de los conflictos enfoca la actualidad, es decir, el momento y el lugar, no el pasado o los hechos fuera de lugar.

3-      Realismo.
Expresa la facultad de enfocar la atención en rasgos de conducta observables, concretos, específicos, y no en suposiciones, prejuicios, interpretaciones y exageraciones. 

V Causa de conflicto,

      El 80% de los conflictos son causados por el enojo. De aquí, podemos asegurar las probabilidades para tener problemas en la relación como pareja.



Efesios: 4: 26-27 dice.

a)     No pequéis; b) No se ponga el sol sobre vuestro enojo; c) no deis lugar al diablo.

Como individuo y como pareja debemos enfrentar el enojo con la sabiduría divina.


La Biblia dice.

Efesios 4: 30-31.

Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. 
 Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. 

Salmo 37: 8

Deja la ira, y desecha el enojo;
No te excites en manera alguna a hacer lo malo.


Pongámonos en las manos de Dios, como individuo y como pareja. Pongamos cualquier situación conflictiva en sus manos, El nos escuchará y nos ayudara a librarnos de cualquier situación de enojo.

La Biblia dice.

1 Juan 5:14-15.

Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. 
5:15 Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho. 


·         Hable con Dios de sus conflictos, hable con su pareja.

·         Busquen juntos una solución.

·         Póngase en las manos de Dios. 

·         Permítanse ser guiado por el Espíritu Santo.

·         Escuchen la vos de Dios.

·         Aprendamos a perdonar y sentir que somos perdonados.

·         No guardemos amarguras o rencor en nuestros corazones.

·         Mantenga la unidad con su pareja y trabaje por la paz familiar.




Supere los conflictos con la ayuda de Dios.

La Biblia dice.

En Colosenses 3:12-15.

3:12 Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; 
3:13 soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.
3:14 Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. 
3:15 Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. 




La paz de Dios sea en nuestra vida siempre.



 Por: Mateo Martínez

La adoración aprobada

Por: Kenneth Matarrita

La adoración aprobada


Una de las más grandes incertidumbres que ha existido desde hace tiempo ya dentro de las doctrinas de la iglesia del Nuevo Testamento, es la referente al uso de instrumentos dentro de la adoración a Dios. Alrededor de este tema se han tejido gran cantidad de teorías, interpretaciones, y hasta discusiones, lo cual ha llevado muchas veces a divisiones dentro de una congregación, al abandono por parte de algunos miembros, e incluso su traslado a una denominación donde si se apruebe esta práctica, o por el contrario, donde no se lleve a cabo.
A través de este estudio le haremos conocer más a fondo acerca de uno de esos tantos temas tabú temidos y evitados dentro de las enseñanzas de la iglesia, para que cada miembro tenga la capacidad de poder defender las razones por las cuales no adora a Dios de la manera que muchas iglesias si lo hacen, y que incluso entre los no convertidos es algo extraño el solo uso del canto a capella (sin acompañamiento).

En el Antiguo Testamento

En Génesis 4: 21 se habla acerca de Jubal, del linaje de Caín, que fue el padre de los que tocaban el arpa y la flauta. Labán amonestó a Jacob por haber huído y no permitir que se le despidiera con alegría y con cantares, tamborín y arpa. (Gén. 31: 27)

Después de cruzar el Mar Rojo, Moisés e Israel entonaron un cántico al Señor (Exo. 15: 1-18). María luego tomó un pandero y dirigió a las mujeres, que también tenían panderos, en los cánticos y las danzas. (Exo. 15: 20, 21). Cuando el Señor estaba dando instrucciones para la adoración en el tabernáculo, le ordenó a Moisés hacer dos trompetas de plata. (Num. 10: 1, 2) Esas trompetas habían de ser utilizadas para dar indicaciones, cuando sonaban las dos, toda la congregación debía reunirse en la puerta del tabernáculo. Además, el año de jubileo se iniciaba haciendo sonar el cuerno de carnero. Fuera de esto, no se menciona ningún instrumento con relación a la adoración en el tabernáculo.

Si vamos a los libros históricos encontraremos que las alusiones a los instrumentos musicales son abundantes. Cuando Jefté volvió de la batalla, su hija lo recibió con panderos y danzas (Jue. 11: 34). El rey Saúl, luego de ser ungido por Samuel, se encontró con un grupo de profetas que descendían del lugar alto con salterio, pandero, flauta y arpa delante de ellos. (1 Sam 10: 5, 10). Después de la victoria de David sobre Goliat, las mujeres que salieron al encuentro de Saúl cantaban y danzaban con panderos.
David mismo fue un reconocido músico. Fue escogido para tocar el arpa delante de Saúl y así aliviar su estado emocional cuando un espíritu inmundo venía a él (1 Sam. 16: 14-23). Más tarde, David y toda la casa de Israel sacaron el arca de la casa de Abinadab. Estaban festejando delante del Señor con todas sus fuerzas con cánticos y con arpas, salterios, panderos, flautas y címbalos. (2 Sam. 6: 5, 1 Cron. 13: 7-8).
En 1 Crónicas 25: 1-8, el cronista acreditó a David y a los jefes del ejército haber apartado a los hijos de Asaf y de Hemán para profetizar con arpas, salterios y címbalos. Tanto hombres como mujeres se dedicaron a la música con instrumentos en el servicio de la casa de Dios. Eran músicos hábiles y capacitados, que formaban una especie de coro. Todo esto fue anterior a la construcción del templo. Sin embargo, nada se decía acerca de la autoridad de David para tales actos. No es sino hasta en 2 Crónicas 29: 25 donde leemos que “aquel mandamiento procedía de Jehová por medio de sus profetas”. Años más tarde, una vez finalizada la construcción del templo, este fue dedicado por Salomón. Había 120 sacerdotes con trompetas. Los cantores tenían címbalos, salterios y arpas. El grupo hizo oír su voz al unísono en alabanza y acción de gracias al Señor. No podríamos suponer que el Señor estuviera disgustado, porque dice: “la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios” (2 Cro. 5: 13, 14). Tiempo después Ezequías llevó a cabo su reforma, situando a los levitas en la casa del Señor. (2 Cró. 29: 25-27) Los cánticos comenzaban cuando se ofrecía el sacrificio. Toda la asamblea adoraba.

En cuanto a los libros de los profetas, se encuentran gran cantidad de referencias al canto y la alabanza, sin embargo solo unos pocos mencionan el uso de instrumentos (Is. 30: 29; Eze. 26: 13; Eze. 40: 44; Amós 6: 5; Amós 5: 23).
Ahora bien, al dirigirnos al libro de los Salmos, nos encontraremos con una mayor referencia al uso de instrumentos. Primero que nada, hemos de destacar que aunque se ha asumido ampliamente que todos los salmos hablan de adoración en grupos, muchos de ellos no indican si se está refiriendo a una adoración pública o privada. En la adoración del templo, los sacerdotes y los levitas eran los músicos y los cantores. La asamblea reunida no eran los que cantaban.

De los 150 salmos, sesenta y nueve no hacen mención de un instrumento cuando se refieren al canto y al aclamar con alegría. La boca como instrumento de alabanza se menciona unas nueve veces (Sal. 40: 3; 63: 5; 71: 8; 89: 1; 109: 30; 145: 21). Se mencionan los labios y la lengua (71: 23, 24; 119: 13, 171, 172). Dieciséis salmos mencionan explícitamente el uso de un instrumento (57: 7, 8; 68: 25; 71: 22; 81: 2, 3; 92: 2, 3; 98: 5; 108: 2; 144: 9; 147: 7; 149: 3; 150: 1-6). Las bocinas (150:3), el decacordio  (33: 2) y las arpas (137: 2) son los instrumentos comúnmente mencionados. Salmos 150 menciona toda una orquesta.
 Aún cuando la palabra cantar se menciona setenta y siete veces en cincuenta y ocho salmos, únicamente en cuatro de ellos especifican también un instrumento. Algunos salmos son declaraciones personales. El salmista estaba alabando a Dios en un ambiente privado y personal.

En el Nuevo Testamento

En el nacimiento de Jesús hubo canto celestial: “Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Luc. 2: 13-14) Los que tocaban flautas formaron parte del alboroto en el duelo en la casa de Jairo, cuando la hija de este se creía muerta (Mat. 9: 23). Aunque ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamente se detalla la ceremonia de los funerales, en Mateo 11: 17 los muchachos en las plazas son descritos como diciendo a sus compañeros “Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos y no lamentasteis”. Luego, si bien no se menciona ningún instrumento, es de suponer que la danza de Salomé ante Herodes estuvo acompañada de instrumentos (Mat. 14: 6; Mr. 6: 22). El hermano mayor escuchó música y danzas en la casa luego del regreso de su hermano pródigo (Luc. 15: 25). En base a estos pasajes sabemos que las personas del siglo primero estaban acostumbradas a la música de celebración. La música también tiene relación con la cena de la Pascua (la cual se celebraba en las casas). Al final de la cena, Jesús y Sus discípulos cantaron un himno y salieron al Monte de los Olivos (Mt. 26: 30).

Yendo al libro de Hechos, Pablo y Silas estaban orando  y cantando en la cárcel de Filipos a medianoche (Hec. 16: 25, 26). Es poco probable que alguno de los presos tuviera algún instrumento. Esta es la primera alusión en la historia al canto cristiano.
Pablo habla a los Corintios de cantar con el espíritu y con el entendimiento (1 Cor. 14: 15). En el último día se tocará la trompeta y los muertos serán resucitados incorruptibles (1 Cor. 15: 52). Hebreos 12: 18-19 habla de una trompeta en el Monte Sinaí.

Pablo también comentó “Ciertamente las cosas inanimadas que producen sonidos, como la flauta o la cítara, si no dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara?...” (1 Cor. 14: 7, 8). En una metáfora en 1 Cor. 13: 1, Pablo habló del metal que resuena y del címbalo que retiñe.
En 1 Cor. 14: 26 dice: “Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo…”. Este pasaje demuestra fuera de toda duda que el canto era parte de una asamblea de adoración en Corinto, así como lo fue en la oración. La iglesia de Corinto cantaba.  En Efesios 5: 18, 19: “sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales…” Estos tres mismos tipos de canto se mencionan en Colosenses 3: 16. Claro está en el pasaje que no se dice “tocar salmos, himnos y cánticos espirituales”. En cuanto al Apocalipsis, son pocas las alusiones a la música, y ninguna de ellas describe actividades en la iglesia. Hay una escena celestial que presenta cuatro seres vivientes y veinticuatro ancianos, cada uno con un arpa, y postrándose delante del Cordero (5: 8-10). La trompeta como instrumento para dar aviso está en el Antiguo Testamento, y la encontramos aquí también (ver 8: 13, 9: 14).

Los padres de la iglesia

Estos son los primeros cristianos que empezaron a escribir y registrar los datos acerca de la iglesia luego de que los apóstoles habían muerto. Si bien es cierto no son autores inspirados por Dios, sin embargo sus registros nos ayudan a conocer un poco más acerca de los primeros años de la iglesia de Cristo.
Alrededor del año 110 d.C. Plinio era gobernador de Bitinia. Le escribió al emperador romano Trajano para averiguar como tratar a los cristianos en su distrito. De un gobernador pagano que nunca había visitado una asamblea cristiana no se esperaría conocer los detalles del culto de adoración. De la información que le habían dado, entendió que los cristianos se reunían “en un día fijo de la semana antes de que amaneciera, y cantaban un himno a Cristo, como a un Dios” (Plinio Epístolas de Plinio). Clemente de Alejandría escribió: “Por tanto démosle eterna alabanza, no solo con los labios, sino también con nuestro corazón, para que Él pueda recibirnos como hijos”. (2º Clemente). Ignacio advirtió a los romanos diciendo: “Para que formando vosotros un coro en amor, podáis cantar al Padre en Jesucristo”. (Ignacio Epístola a los Romanos 2).
Tomando en cuenta la reputación moral del instrumento, el uso del mismo en la adoración era impensable. En las iglesias no había controversia sobre su uso en las reuniones. Simplemente no era un asunto que se cuestionara. Los instrumentos estaban asociados con los ritos paganos y la inmoralidad. Tertuliano afirmó que los cristianos habían de detestar los instrumentos usados en el teatro.

La Reforma

La Reforma fue el movimiento religioso cristiano, iniciado en Alemania en el siglo XVI (entre los años 1501-1600 d.C.), que tuvo su origen en las críticas con las que diversos religiosos, pensadores y políticos europeos buscaron provocar un cambio profundo en los usos y costumbres de la Iglesia católica. Su intención era reformar el catolicismo con el fin de volver al cristianismo primitivo.

Los que participaron en este movimiento se enfrentaron con la interrogante sobre la utilización  de la música instrumental en la adoración. La misma se había convertido en práctica de la Iglesia Católica Romana. La Iglesia también había introducido el culto de imágenes, incienso, velas, reliquias y mucho más.
Martín Lutero, el monje alemán que se convirtió en el integrante más prominente del este Movimiento, era indiferente ante la utilización de imágenes e instrumentos. En su opinión se trataba de asuntos de libertad de culto. Otro alemán, Gerhard Carlstadt, se opuso a su uso. Sostuvo que el que tocaba un instrumento no podría adorar si estaba ocupado atendiendo asuntos musicales. Por otro lado, el suizo Huldreich Zwingli insistió en que solamente lo que Cristo había ordenado en el Nuevo Testamento debía ser parte de la adoración de la iglesia. Todo lo que era agregado al mandamiento de Cristo, constituía un abuso. En respuesta a este tipo de enseñanza, el órgano dejó de ser utilizado en algunos servicios de adoración. Juan Calvino, otro gran reformista, no se opuso al uso privado de instrumentos, solamente a su utilización en la asamblea cristiana. Cotton Mather dijo: “No hay una sola palabra en el Nuevo Testamento sobre la institución de música instrumental en la adoración a Dios”.

Ya en el siglo XIX (entre los años 1801-1900), después de la guerra, J. W. McGarvey comentó sobre la transformación que se estaba llevando a cabo. Anteriormente ningún predicador había defendido el uso de instrumentos, sin embargo, vio algunos que argumentaban que era solamente un asunto de conveniencia. McGarvey insistió en que no hay autoridad en las Escrituras para los instrumentos.
En congregación tras congregación, surgió la división y creció la amargura por la introducción del instrumento, sea que los que favorecían la práctica fueran de la minoría o de la mayoría. En muchos casos, los que se oponían a la música instrumental en el culto tuvieron que retirarse de la congregación.
Un argumento muy utilizado por los que favorecían el uso de instrumentos era su insistencia en cuanto a que la palabra griega psallo en Efesios 5: 19 supone pulsar una cuerda. Esta afirmación aún se hace. Sin embargo, los que se oponen a esta interpretación han insistido en que si el término significa pulsar un instrumento, entonces el versículo indica cual es el instrumento, a saber el corazón humano.
Otro tipo de defensa del uso de instrumentos es que puesto que los instrumentos se mencionan en dieciséis salmos, no le desagradan a Dios. A esto se añade el hecho de que Apocalipsis presenta el uso de instrumentos en el cielo. La conclusión que se propone es que Dios seguramente los aprueba. Sin embargo, muchas cosas que los Salmos mencionan no las adoptan las congregaciones instrumentalistas, y lo mismo sucede con respecto al libro de Apocalipsis. Por ejemplo: la danza (149: 3; 30: 11; 150: 4), el uso del incienso (141: 2), maldiciones contra los enemigos (109: 7; 137: 9), sacrificios de animales (51: 19) o el lavado de manos (26: 6), entre otras cosas.

La “libertad cristiana” se ha llegado a entender muy erróneamente que es tener cualquier cosa que se desee en la adoración sin que los demás protesten. O bien la práctica de uso de instrumentos está autorizada o cae en el ámbito de la opinión y la conveniencia. Si psallo de Efesios 5: 19 ordena la utilización del instrumento, entonces se debe utilizar. No es un asunto opcional. Si el instrumento cae en el ámbito de la conveniencia y la opinión, es pecado, usarlo porque causa división (vea 1 Cor. 8: 13). Los que lo usan son responsables de la división que produce. Los que lo introdujeron, no los que se oponían, causaron la división.
¿Dónde en la Biblia es opcional la obediencia a cualquier mandamiento o advertencia? ¿Es la fe algo que los cristianos podemos optar por creer o no creer, de acuerdo a nuestras preferencias? Estamos de acuerdo en que el arrepentimiento y el bautismo son ordenados, sin embargo, ¿son estos mandamientos opcionales? Los mandamientos bíblicos que fueran opcionales no tendrían sentido, ya que siempre preferiríamos no hacerlos a hacerlos ya que sería lo más fácil.

La parte más importante de nuestro canto (el mensaje) está en las palabras. Las palabras de los cánticos de adoración podrían provenir de los cánticos de una página escrita, o por boca de otros. Las palabras podrían ser leídas, memorizadas, o proyectadas en una pantalla o pared. No importa como obtenemos la letra de nuestros cánticos, aún estamos cantando. No puede haber canto donde el entendimiento esté separado de las palabras (1 Cor. 14: 15), las cuales no pueden ser expresadas con instrumentos.

¿Qué del silencio de las Escrituras?

¿Es el silencio de las Escrituras una luz verde, significa seguir adelante, o es una luz roja? El Nuevo Testamento no consiste en una lista detallada de todas las cosas que una persona no debe hacer en la adoración. La Biblia no dice  que no debemos rociar con agua a los bebés, quemar incienso, celebrar procesiones religiosas, ni tener un papa, cardenales o sacerdotes. No dice que no debemos cobrar cuota de membresía, misas o velas.

Una buena ilustración la podemos tomar de las instrucciones de Dios para el arca. Sin usar negaciones, Dios le prohibió a Noé construir cualquier otro tipo de barco o de tamaño diferente. Noé hizo todo lo que el Señor le mandó (Gén. 6: 22).
Podemos ahora tomar ejemplos de la vida cotidiana. Si pido un tiquete de avión y lo pago con tarjeta de crédito, no es que necesario que diga lo que no quiero. Confío en que la compañía aérea me enviará solamente el boleto que he especificado. No me enviarán un boleto para otro día, para alguna hora ni un destino diferente. No me cobrarán por un almuerzo, por un seguro o por algo para leer. Solamente lo que yo he especificado. Pueden hacerlo ya que tienen mi número de tarjeta de crédito, sin embargo entienden que mi silencio no es una luz verde.

Cuando llevamos el automóvil al taller para un cambio de aceite, confiamos en que no recibirá también un juego de llantas nuevo. Tratarán de vender todos los servicios que ofrecen, sin embargo, ellos saben también que el silencio es una luz roja. Se les tiene que autorizar antes de que puedan hacer algo. El silencio es prohibitivo.
En el primer siglo, los apóstoles y los ancianos escribieron una carta acerca de los que estaban exigiéndoles a los gentiles circuncidarse. Sobre el asunto declararon: “no dimos orden” (Hec. 15: 24). Su silencio no era permisivo, sino prohibitivo. Cuando a Felipe en Samaria se le dijo que fuera al camino que conducía de Jerusalén a Gaza, no se le tuvo que decir: “No vayas a Jericó.” Cuando a Saulo de Tarso se le dijo que fuera Damasco, no se le tuvo que decir: “No regreses a Jerusalén”.

Algunas personas parecen dejarse convencer con la idea de que: “He leído todo el Nuevo Testamento y no he encontrado ningún versículo que diga que no se puede tener música instrumental en la adoración”. Lo absurdo de esta forma de pensar se hace evidente si la aplicamos a otras actividades de la adoración. El Nuevo Testamento no contiene ningún pasaje que diga que no podemos usar agua en la Cena del Señor en lugar de vino o jugo de uva. Cuando el Señor dijo “fruto de la vid” (Mat. 26: 29; Mar. 14: 25; Luc. 22: 18) eliminó con ello el uso de todo lo que no sea jugo de uva o vino, los cuales proceden de la vid. Otro ejemplo, el incienso era usado en la adoración del Antiguo Testamento. También es mencionado en los Salmos y en Malaquías. No encuentro ningún pasaje en el NT que diga que no lo podamos usar en la adoración de la iglesia si así quisiéramos. Sin embargo, Dios no les autorizó a los cristianos usarlo en la adoración.

La clase de pensamiento que estamos atacando no pregunta: ¿Qué desea Dios?, solamente pregunta: ¿Qué queremos nosotros? Su razonar dice que si una acción es deseable a los ojos humanos, definitivamente debe ser aprobado delante de Dios. Pasa por alto lo que Dios expresamente dice: “… mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos” (Isa. 55: 8). Nuestra primera  pregunta en la búsqueda de la voluntad de Dios en la Biblia no debe ser: ¿Dónde dice que no podemos? La primera pregunta debería ser: ¿Dónde dice Dios qué le agrada a Él?

La correcta adoración

“Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor.” (Heb. 12: 28, 29). De este pasaje de Hebreos hagamos notar dos ideas fundamentales:
1.       La adoración va dirigida a Dios, no a una audiencia. Al referirnos al libro de los Salmos veremos cuan frecuentemente aparece el llamado a “cantarle a Jehová” o “cantarle a Dios”, cuando se menciona la adoración. Nuestro canto va dirigido a Dios. Él es a quien se ha de complacer. La adoración en el canto no es un espectáculo.

A Dios es el que hemos de complacer en la adoración. Jesús describió su propio actuar diciendo: “yo hago siempre lo que le agrada (al Padre)” (Juan 8: 29). Su oración en el Huerto de Getsemaní fue: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Luc. 22: 42). El objetivo de Pablo al predicar no fue complacer a las personas, sino a Dios (1 Tes. 2: 4).

Lo único que Dios nos dice es: “hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales” (Efe. 5: 19). Además dijo: “Así que ofrezcamos siempre a Dios, por medio de Él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (Heb. 13: 15).

Por la experiencia sabemos que si un hijo quiere una bicicleta de cierta marca y cierto color, y se le compra otra totalmente diferente, se habrá desperdiciado el dinero. Dios, no el creyente es el que ha de ser complacido con el canto. ¿Cómo podemos saber lo que Él desea? ¿Hemos de suponer que porque algo nos agrada, también le agrada a Él?

Entonces, ¿cuál es la adoración que Dios aprueba y en la que se complace? Él desea que nosotros como cristianos, cantemos y hagamos melodía en nuestros corazones. Estamos llamados a hacer Su voluntad sin importar lo que otros optan hacer. Josué expresó bien el objetivo cuando dijo: “… pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24: 15).

2.       Al decir “agradándole”, sugiere claramente que cierta clase de adoración no es aprobada.
Jesús habló de la adoración vana (Mt. 15: 9). El Señor exige que las personas le adoren solamente a Él. No comparte la adoración con ningún ídolo ni dios falso. En las Escrituras también vemos adoración a Dios (aparentemente sincera) que Él mismo rechazó. Aprobó la ofrenda de Abel, sin embargo rechazó la de Caín (Gén. 4: 4-5). Nadab y Abiú, hijos de Aarón, estaban adorando cuando fueron incinerados por usar un fuego extraño que Dios no había ordenado (Leví.  10: 1-2). Al rey Saúl se le informó que su plan de hacer sacrificio al Señor en Gilgal constituía una rebelión (1 Sam. 15: 23). Saúl rechazó la palabra del Señor y Este le rechazó a él.

A lo largo de la historia las personas parecen haber asumido que lo que se ofrece a Dios debe ser estéticamente agradable a los ojos y oídos de nosotros mismos. Han construido catedrales sorprendentemente adornadas con los más finos vitrales y lo mejor del arte. Muchas obras de arte fueron pintadas para adornar las iglesias. Se hacen procesiones para mostrar los oficiales de la iglesia en sus vestidos más llamativos. La mejor música, lo más agradable al oído humano, fue escrita para adorar. En cuanto a esto, Amós culpó a Israel de injusticia contra el prójimo, no de insinceridad en la adoración a Dios. Aún así Dios despreció sus fiestas. No aprobó sus sacrificios ni escuchó el sonido de sus instrumentos (Amós 5: 21-23). La adoración tiene que ser sincera, sin embargo, no constituye la única prueba para ser aprobada.


                                                                                                                                         
Estudio tomado de: “La interrogante sobre el uso de la música instrumental en la adoración”, de La Verdad para Hoy. Autor Jack Lewis

Retiro Taller Rancho Mi viejo, 29 Marzo 2013